Vía Crucis del R.P. Ángel de Abárzuza

Nos es grato publicar este Vía Crucis que nos enviara gentilemente el P. Jorge Hidalgo, de Catriló, La Pampa (Argentina)
Las imágenes corresponden a fotografías del Vía Crucis de Los Antiguos, Santa Cruz (Argentina). Obra del artista santafecino Luis Quiroz, está compuesto de bajorrelieves en cemento con incrustaciones de piedras volcánicas de la zona, enmarcados en madera de lenga, árbol autóctono patagónico. Los colores de las piedras simbolizan el Dolor de la condena (las negras), la sangre de la Pasión (las rojas) y la Gloria del cielo (las blancas). Los personajes tienen rasgos tehuelches.
Oración introductoria

Ya vengo, Jesús amado,
a considerar, contrito,
aquel amor infinito
que en la cruz me habéis mostrado.
Sea para el corazón,
luz que lo guíe hacia el cielo,
fuente viva de consuelo
y esperanza de perdón.

I-Jesús condenado a muerte
Al Dios bueno, santo y fuerte,
que da a los hombres la vida,
juzgan como a un homicida,
y le condenan a muerte.
Y Él, queriéndome salvar,
con su divina obediencia,
aunque es cruel la sentencia,
la acepta sin vacilar.
Señor, pequé, etc.

II-Sale Jesús con la Cruz a cuestas
Ya Jesús a morir va,
con marcha lenta y penosa,
vertiendo Sangre preciosa
en cada paso que da.
No la Cruz de los judíos
causa su dolor profundo;
son los pecados del mundo,
y son los pecados míos.
Señor, pequé, etc.

III-Cae Jesús la primera vez
Oprimido el Rey del cielo
por madero tan pesado,
se inclina, todo angustiado,
y cae por fin al suelo.
Si quieres tú, pecador,
ayudarle a levantar,
deja luego de pecar,
y conviértete al Señor.
Señor, pequé, etc.

IV-Jesús encuentra a su Madre
¡Qué dolor debió sentir
María al ver a Jesús
que, cargado con la Cruz,
iba al Calvario a morir!
¡Oh, María, Virgen pura!
¡Oh, Jesús entristecido!
¡Perdonadme, que yo he sido
causa de vuestra amargura!
Señor, pequé, etc.

V-Jesús ayudado por el Cireneo
Temiendo que muera el Reo
si en su ayuda no se acude,
llaman para que le ayude
a Simón el Cireneo.
No es necesario llamar
a ese piadoso judío:
¡Dadme vuestra Cruz, Dios mío,
que yo la quiero llevar!
Señor, pequé, etc.

VI-La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Una mujer esforzada
sale al medio del camino
y enjuga el rostro divino,
sin miedo a la turba airada.
Yo a veces siento el afán
de ser virtuoso también,
y dejo de hacer el bien
por temor al qué dirán.
Señor, pequé, etc.

VII-Cae Jesús la segunda vez
Casi sin fuerza y sin vida
por lo acerbo del dolor,
da mi amable Salvador
una segunda caída.
¡Señor, si vais a caer,
tended hacia mí la mano,
que sois mi padre y mi hermano,
y os quiero sostener!
Señor, pequé, etc.

VIII- Jesús consuela a las mujeres
A las hijas de Sión,
que lloran amargamente,
les manda Dios dulcemente
que no lloren su Pasión;
pues si Dios está afligido
de ver al hombre pecar,
más importante es llorar
el pecado cometido.
Señor, pequé, etc.

IX-Cae Jesús por tercera vez
¿Cómo no compadecer
al Redentor amoroso,
cuando camina, angustioso,
y cae y vuelve a caer?
Si esas caídas, Señor,
efectos son del pecado,
¡Sufra y sea despreciado
este indigno pecador!
Señor, pequé, etc.

X-Los verdugos desnudan a Jesús
Ponen sus manos impuras
sobre Jesús los sayones,
y le arrancan a estirones
sus sagradas vestiduras;
y al verse desnudo así
el Rey de la creación,
acepta esa confusión
y la ofrece a Dios por mí.
Señor, pequé, etc.

XI-Jesucristo es clavado en la Cruz
Los verdugos inhumanos
al Inocente Cordero
lo tienden sobre el madero
y le clavan pies y manos.
¡Oh, Crucificado amable,
mi Rey, mi Padre y mi Dios,
dejadme morir por Vos,
porque yo soy el culpable!
Señor, pequé, etc.

XII-Jesucristo muere en la Cruz
¡Ya está en alto levantada
la Víctima del amor!
¡Ya agoniza el Salvador!
¡Ya se enturbia su mirada!
Su cuerpo tórnase yerto.
¡Ya su cabeza se inclina!
No hay vida en su faz divina.
¡Ya va a morir! ¡Ya se ha muerto!
Señor, pequé, etc.

XIII- Jesucristo es bajado de la Cruz
Contempla al Verbo del Padre,
por nosotros humanado,
exánime y desangrado
en los brazos de su Madre.
¡Perdón, oh Reina afligida,
Madre del muerto en la Cruz,
porque Tú le diste a luz,
y yo le quité la vida!
Señor, pequé, etc.

XIV-Jesucristo es puesto en el sepulcro
Aquel cuerpo Inanimado,
templo de un alma preciosa,
es puesto sobre una loza...
Y todo se ha consumado;
no resta sino exclamar
ante ese sepulcro abierto:
¡Oh Dios, por mis culpas muerto,
antes morir que pecar!
Señor, pequé, etc.

Las Siete Visitas

por el Prof. Rodolfo Reynoso

Realizar el ejercicio piadoso de las “Siete visitas”, significa acompañar espiritualmente al Señor Jesucristo en la amarga soledad que padeció y en los tormentos y humillaciones que soportó durante las horas que precedieron a su Muerte. Hacemos memoria de los “siete tribunales” ante los que tuvo que comparecer el Salvador, para ser juzgado por los hombres.


Introducción
Redentor del mundo, habiendo participado de la Última Cena que celebraste antes de tu Pasión, permítenos acompañarte ahora en el amargo camino que Te llevó a la Muerte en Cruz por amor a nosotros.

Primera visita: Tu oración en el Huerto
Señor Jesús, Sacerdote Eterno, Divino Orante, ¡qué triste pero qué confiada fue esta oración que dirigiste a tu Padre! Las gotas de Sangre que caían de tu Rostro eran las primicias del Supremo Sacrificio de la Cruz, y el mismo Padre las aceptaba complacido, pues rubricaban tu dolorosa Plegaria por la humanidad.
Que tus palabras en el Monte de los Olivos, suplan en esta noche de tristeza, el silencio de los que han perdido la fe.
Que nuestra vida toda sea una plegaria agradable a tu Padre que está en los Cielos.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

“Estamos aquí, a la luz de tu Padre Eterno. Oh, Cristo Dios, acepta que Te acompañemos en esta noche de soledad”.

Segunda visita: La traición de Judas

Señor Jesús, Pontífice Misericordioso, Dios del Amor y del Perdón. Cuando estabas muerto en la Cruz, la lanza de un soldado abrió tu costado. Pero otra herida mortal había herido antes tu Sagrado Corazón, (una herida más dolorosa quizás que los tormentos físicos que tuviste que soportar): la traición de Judas, al que considerabas tu amigo.
Haz que los obispos, sacerdotes y diáconos, se mantengan en comunión de fe y amor con el Papa, para que resistan a la tentación de ceder ante los halagos del mundo.
Perdona, Señor, nuestras traiciones diarias.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

“Estamos aquí, junto a tu Madre Dolorosa. Oh, Cristo Dios, acepta que Te acompañemos en esta noche de soledad”.

Tercera visita: El abandono de tus discípulos

Señor Jesús, Dios abandonado, el temor se ha apoderado de tus amigos. Y huyen. Estás solo. ¿Cómo no acercarnos a tu Corazón humano y divino para abrazarlo? ¿Cómo permanecer indiferentes ante sus latidos, que son melodía de ternura y soledad?
Socorre, Señor, a quienes hoy viven en la más profunda soledad, que es desconocerte a Ti, Consuelo y Salvación de nuestras almas.
Que Te busquemos, Divino solitario, en los sagrarios, especialmente en los más abandonados. Que no pasemos indiferentes ante Ti, Dios Sacramentado por Amor.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

“Estamos aquí con Juan, el apóstol amado que con tu Madre, hoy seguía tus huellas, en el primer Vía Crucis de la historia. Oh, Cristo Dios…”

Cuarta visita: Tu Divina Majestad ante los tribunales religiosos

Señor Jesús, Dios humilde. Las autoridades religiosas, llenas de soberbia, envidia e hipocresía, pretenden pedirte cuentas a Ti, Verdad Viviente.
En ellas estamos representados cuantos nos creemos con el derecho de objetar tus divinas enseñanzas y de rechazar a tu Iglesia, para justificar nuestras propias miserias.
Abre los ojos del corazón a quienes son víctimas de pensamientos e ideologías ajenas a tu Evangelio, o peor aun, contrarias a él. Protégenos del asedio de las sectas que oscurecen tu Palabra.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

“Estamos aquí con los Santos de todos los tiempos, conocidos y desconocidos. Oh, Cristo Dios…”

Quinta visita: Mofas y burlas

Señor, Tú soportaste con paciencia las burlas, y sigues sufriendo hoy todo tipo de afrentas en la persona de los que son humillados, ridiculizados y explotados.
Inspíranos fortaleza para alzar nuestra voz en favor de ellos, es decir, en favor tuyo, Jesús.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

“Estamos aquí en comunión de amor con las Almas del Purgatorio. Oh, Cristo Dios…”

Sexta visita: Las negaciones de Pedro

¡Cuánto Te hicieron sufrir los ultrajes de tus enemigos! Pero, ¡cuánto más la cobardía de tus propios amigos, a quienes les habías confiado tus más íntimos secretos!
Señor, ilumina nuestra mente y nuestro corazón para que podamos ser conscientes de las veces en que Te negamos con los actos, quienes Te confesamos con los labios.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

“Estamos aquí, espiritualmente unidos al Santo Padre Benedicto XVI, tu Vicario, y a todos los hombres de buena voluntad. Oh, Cristo Dios…”

Séptima visita: Herodes Te trata como loco

Tú, el Rey Eterno eres humillado por el rey tirano. Y callas. Callas por amor.
Tú, la Palabra soberana y creadora, haces silencio mientras Te tratan como loco.
Que nuestra voz, Señor, sólo se deje escuchar para pregonar tu infinita bondad y para defender los derechos de aquellos que no tienen voz.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

“Estamos aquí, Señor, unidos al cántico de alabanza de toda la creación. Oh, Cristo Dios…”

Oración conclusiva
Te damos gracias, Señor, por habernos permitido acompañarte en esta noche de tu soledad. Dígnate ser Tú siempre nuestro Compañero, mientras marchamos hacia la Pascua eterna.
Por tu Pasión y tu Cruz, sálvanos, Jesús. Amén.

Vía Crucis de los santos dominicos

por Sor Irene Benavente, o.p.
Muchos dominicos nos han legado sus escritos. Esta noche vamos a caminar "en familia":vamos a dejar que algunos hermanos nuestros, maestros en las cosas de Dios nos guíen en la oración del Vía Crucis. Las imagénes son fotografía del Santo Cristo de la Luz, titular de la Hermandad de la Sagrada Cena (Córdoba, España)

I- Jesús es condenado a muerte
La justicia Divina me había condenado a muerte a mí solo, y sólo Yo debía ser clavado en el madero de la Cruz, y sólo Yo debía beber el cáliz doloroso de mi Pasión por la salvación de los hombres. A ti te toca seguir mis huellas, renunciar a ti mismo, tomar tu cruz y seguirme, y tu sacrificio me agradará lo mismo que si conmigo hubieras muerto sobre la cima del Calvario. (Beato E. Susón, "El libro de la eterna Sabiduría")

II-Jesús carga con la Cruz
Síguelo a él, que es el rey de reyes y Señor de los que dominan, en quien están todos los tesoros de la sabiduría. Y, sin embargo, está en la cruz desnudo, ultrajado, escupido, golpeado, coronado de espinas, donde le dieron hiel y vinagre como bebida y donde murió. Por tanto, no te aficiones a los vestidos y a las riquezas, porque "se repartieron mis vestidos" ni a los honores, porque "yo he experimentado insultos y latigazos; ni a las dignidades, porque "tejieron una corona de espinas y la pusieron sobre mi cabeza"; ni a los placeres, porque "para mi sed me dieron vinagre" (Santo Tomás de Aquino, "Comentario al Credo")







III-Jesús cae por primera vez
¿Cómo podrá obrar la esposa que no sigue los pasos del Esposo?... Levantaos, pues, con paciencia y verdadera humildad para seguir al manso Cordero con corazón generoso…Negaos a vos misma por El, aprendiendo del mismo Jesús, que por darnos la vida de la gracia perdió el amor a su cuerpo… (Santa Catalina de Siena, Cartas)












IV-Jesús encuentra a su Madre
Camina, pues, la Virgen en busca del Hijo, dándole el deseo de verle las fuerzas que el dolor le quitaba. Oye desde lejos el ruido de las armas, y el tropel de las gentes, y el clamor de los pregones con que iban pregonando. Ve luego resplandecer los hierros de las lanzas y alabardas que asomaban por lo alto. Halla en el camino las gotas y el rastro de sangre, que bastaban ya para mostrarle los pasos del Hijo y guiarla sin otro guía. Acércase más y más a su amado Hijo y tiende sus ojos, oscurecidos con el dolor, para ver, si pudiese, al que amaba su alma... Finalmente llega ya donde lo pudiese ver, míranse aquellas dos lumbreras del cielo una a otra, y atraviésanse los corazones con los ojos y hieren con la vista sus almas lastimadas (Fray Luis de Granada, Obra Selecta)

V- Jesús es ayudado por el Cireneo
Nadie en este mundo disfruta de más consuelos que aquellos que me ayudan a llevar la Cruz, pues todas mis dulzuras se derraman abundantes sobre el alma que bebe hasta las heces el cáliz de mis amarguras. Si bien la corteza es muy amarga, el fruto es de exquisita suavidad y dulzura; y toda pena parece pequeña teniendo ante los ojos la recompensa a que conduce. Sígueme con confianza, que quien conmigo comienza esta lucha ya casi tiene la victoria al alcance de sus manos. (Beato Enrique Susón)



VI- La Verónica limpia el rostro de Jesús
Haz todo el bien que puedas. Y si te encuentras con que tus acciones son juzgadas torcidamente, esfuérzate por permanecer tranquilo y conservar la paz de tu corazón. (…) Procura triunfar de la dureza y malicia de tus enemigos por la dulzura y la humildad. Sólo así llevarás en ti una fiel imagen de mi muerte; sólo así, grabando bien en tu alma mi Pasión dolorosa, meditándola, recordándola en tus oraciones, imitándola en tus obras, te acercarás a mis sufrimientos. (Beato Enrique Susón)




VII- Jesús cae por segunda vez
No busques, ni quieras sino al crucificado, como esposa rescatada con su Sangre. Bien comprendes que eres esposa y que a ti te ha desposado no con anillo de oro, sino con el de su carne. (Santa Catalina de Siena)

VIII-Jesús habla con las mujeres de Jerusalén
Mira el Salvador; no aguarda que le cierren las llagas ni que el tiempo cure las injurias, sino en medio de las heridas de su cuerpo y de las palabras que tiraban como saetas a su corazón, saca Él palabras de su corazón, no herido con verbo, sino herido de amor y compasión. (…)
Aquí, Señor, me presento derribado a vuestros pies, no escandalizándome con vuestra muerte, sino predicando vuestra gloria; no haciendo burla de vuestra Pasión, sino compadeciéndome de vuestro dolor. Pues, levantad, Señor, la voz y encomendadme a vuestro dulce Padre y decidle: Padre, perdona a este pecador que no supo lo que se hizo.(Fray Luis de Granada)






IX-Jesús cae por tercera vez
La humildad profunda la encontraréis viendo a Dios sometido al hombre, el Verbo abajado a la afrentosa muerte de Cruz. Si buscáis la caridad, Él es la caridad misma, es más… la fuerza del amor lo ha sujetado y clavado en la Cruz. (Santa Catalina de Siena)













X-Jesús es despojado de sus vestiduras
Si conservas tu corazón puro y limpio de toda afección terrena, tú serás el que me vestirás y cubrirás mi desnudez. (Beato Enrique Susón)
Anegaos, bañaos, vestíos de la sangre de Cristo crucificado. Si le habéis sido infiel, rebautizaos en Ella. (Santa Catalina de Siena)
XI-Jesús es clavado en la Cruz
Repara bien y verás cómo no hay una sola parte de mi cuerpo que no tenga su propio dolor, o que no lleve en sí el estigma del amor. Mis pies y manos atravesados por clavos, mis piernas rendidas de cansancio, todos mis miembros inmóviles, extendidos sobre la Cruz. Mis espaldas, rasgadas por las heridas de los azotes, no tenían más apoyo que un madero duro y nudoso; todo mi cuerpo, doblado sobre sí mismo, inclinábase hacia la tierra, sobre la que se encharcaba la sangre de mis venas que caía en abundancia.

Mi vida y mi juventud se desvanecían y se me iban por todas mis heridas, y con todo, mi alma estaba con tranquilidad suma, y mi corazón saltaba de gozo, porque sufría todo esto por ti (…) Si es que estás conmigo espiritualmente crucificado, llevarás en tu cuerpo los estigmas de mi amor. Hazme entrega generosa de todo tu ser y de todo cuanto te pertenece, y esto para no reclamarlo jamás. (Beato Enrique Susón)

XII-Jesús muere en la Cruz
Considera cómo el mismo fidelísimo Señor y Dios tuyo acabó la misma vida con muerte turpísima y dolorosísima y muy cruel (...)Todas estas penas sostuvo con amor sin medida por los pecados de sus mismos perseguidores. En conclusión, cómo constantísimamente estuvo colgado en la Cruz con grande afrenta y confusión. Los brazos extendidos para abrazar a sus enemigos, inclinada la cabeza para los besar, abierto el costado para que pudiesen entrar a su corazón, derramando su sangre para que en ella se bañasen y refrescasen. Y con otras muchas señales de amor. (Juan Taulero, "Instituciones")

XIII- Jesús es bajado de la Cruz
No apartes nunca tus ojos de mi Cruz; y compadeciéndome tiernamente, graba bien en tu corazón los dolores que encuentres en mi Pasión. De esta manera te unirás a mi Cruz y sobre todo aprenderás a esconderte en la abertura de mi costado y en la llaga que el amor ha hecho en mi corazón. Yo te lavaré con el agua que de ella mana, te hermosearé con la púrpura de mi sangre, te uniré a mí con lazos indisolubles, y nuestros espíritus, el mío y el tuyo, se unirán para siempre en una unión eterna. (Beato Enrique Susón)

XIV Jesús es colocado en el sepulcro
En la sacratísima Pasión del Señor hubo suma deshonra, suma pobreza y sumo dolor. Lo cual convenía así, porque su sagrada Pasión había de ser cuchillo y muerte del amor propio, que es la primera raíz de todos los males, de la cual nacen tres ramas pestilenciales, que son amor de honra, amor de hacienda y amor de deleites (…) Pues contra el amor de la honra milita esta suma ignominia, y contra el amor de la hacienda, esta suma pobreza, y contra el amor de regalo, este sumo dolor. Y de esta manera, el amor propio que es el árbol de muerte, se cura con el bendito fruto de este árbol de vida, el cual es general medicina de todos los males. (Fray Luis de Granada)






XV Resurrección del Señor
¡Oh dulce y eterno Dios, que nos has dado al Verbo…! Haciéndote pequeño, has hecho grande al hombre; saturado de oprobios, lo has llenado de bienaventuranzas; despojándote de la vida, lo has vestido de la gracia; colmado de vergüenza, le has devuelto el honor; al ser extendido en la cruz lo has abrazado; le has dado en tu costado refugio contra el enemigo. ¡Oh Fuego, Oh abismo de caridad!

Quiero que os refugiéis en el costado abierto del Hijo de Dios, el cual es bodega abierta, llena de perfume. En el costado descansa la esposa, en el lecho de fuego y de Sangre. Allí se manifiestan y se ven los secretos del Hijo de Dios. (Santa Catalina de Siena)

San Josemaría

Extractos de meditaciones a las estaciones del Via Crucis compuestas por el fundador del Opus Dei. Las ilustraciones son afiches españoles de Semana Santa.
I- Condenan a muerte a Jesús
Jesús está solo. Quedan lejanos aquellos días en que la palabra del Hombre-Dios ponía luz y esperanza en los corazones; aquellas largas procesiones de enfermos que eran curados; los clamores triunfales de Jerusalén cuando llegó el Señor montado en un manso pollino. ¡Señor!, ¿dónde están tus amigos?, ¿dónde, tus súbditos? Te hemos dejado. Es una desbandada que dura veinte siglos... Huimos todos de la Cruz, de tu Santa Cruz. Sangre, congoja, soledad y una insaciable hambre de almas... son el cortejo de tu realeza.



II-Jesús carga con la cruz
¡Con qué amor se abraza Jesús al leño que ha de darle muerte!
¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, -a eso que la gente llama cruz-, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales? Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús.
Has de decidirte a seguir el camino de la entrega: la Cruz a cuestas, con una sonrisa en tus labios, con una luz en tu alma.

III- Cae Jesús por primera vez
La muchedumbre, como río fuera de cauce, fluye por las callejuelas de Jerusalén. A derecha e izquierda, el Señor ve esa multitud que anda como ovejas sin pastor. Podría llamarlos uno a uno por sus nombres, por nuestros nombres. Ahí están los que se alimentaron en la multiplicación de los panes y de los peces; los que fueron curados de sus dolencias; los que adoctrinó junto al lago y en la montaña y en los pórticos del Templo. Un dolor agudo penetra en el alma de Jesús, y el Señor se desploma extenuado. Tú y yo no podemos decir nada: ahora ya sabemos por qué pesa tanto la Cruz de Jesús.








IV- Jesús encuentra a María, su Santísima Madre
Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor. El alma de María queda anegada en amargura. ¿Qué hombre no lloraría si viera a la Madre de Cristo en tan atroz suplicio? Su Hijo herido...Y nosotros lejos, cobardes, resistiéndonos a la Voluntad divina. De la mano de María, tú y yo queremos también consolar a Jesús. Madre y Señora mía, enséñame a pronunciar un sí que, como el tuyo, se identifique con el clamor de Jesús ante su Padre: no se haga mi voluntad, sino la de Dios.








V-Simón de Cirene ayuda a llevar la cruz de Jesús
En el conjunto de la Pasión, es bien poca cosa lo que supone esta ayuda. Pero a Jesús le basta una sonrisa, una palabra, un gesto, un poco de amor para derramar copiosamente su gracia. Has llegado en un buen momento para cargar con la Cruz: la Redención se está haciendo —¡ahora!—, y Jesús necesita muchos cireneos. A veces la Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por nosotros. Ante esa Cruz inesperada, y tal vez por eso más oscura, lleno de una noble compasión, niégate y tómala: por ver feliz a la persona que se ama, un corazón noble no vacila ante el sacrificio; por aliviar un rostro doliente, un alma grande vence la repugnancia y se da sin remilgos... Y Dios..., ¿merece menos? Aprende a mortificar tus caprichos. Acepta la contrariedad sin exagerarla. Y harás más ligera la Cruz de Jesús.



VI- Una piadosa mujer enjuga el rostro de Jesús
El rostro bienamado de Jesús, que había sonreído a los niños y que se transfiguró de gloria en el Tabor, está ahora como oculto por el dolor. Pero este dolor es nuestra purificación; ese sudor y esa sangre que empañan y desdibujan sus facciones, es nuestra limpieza. Nuestros pecados fueron la causa de aquella tortura que deformaba el semblante amabilísimo de Jesús, Y son también nuestras miserias las que ahora nos impiden contemplar al Señor, y nos presentan opaca y contrahecha su figura.
Señor, que yo me decida a arrancar, mediante la penitencia, la triste careta que me he forjado con mis miserias... Entonces, sólo entonces, por el camino de la contemplación y de la expiación, mi vida irá copiando fielmente los rasgos de tu vida. Nos iremos pareciendo más y más a Ti.





VII-Cae Jesús por segunda vez
La debilidad del cuerpo y la amargura del alma han hecho que Jesús caiga de nuevo. Todos los pecados de los hombres —los míos también— pesan sobre su Humanidad Santísima.
Fue él quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra salvación pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados.
Desfallece Jesús, pero su caída nos levanta, su muerte nos resucita.
A nuestra reincidencia en el mal, responde Jesús con su insistencia en redimirnos, con abundancia de perdón. Y, para que nadie desespere, vuelve a alzarse fatigosamente abrazado a la Cruz.
Que los tropiezos y derrotas no nos aparten ya más de El. Como el niño débil se arroja compungido en los brazos recios de su padre, tú y yo nos asiremos al yugo de Jesús. Sólo esa contrición y esa humildad transformarán nuestra flaqueza humana en fortaleza divina.

VIII- Jesús consuela a las hijas de Jerusalén
Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad or vosotras y por vuesros hijos... El Señor invita a llorar por los pecados, que son la causa de la Pasión y que atraerán el rigor de la justicia divina. Tus pecados, los míos, los de todos los hombres, se ponen en pie. Todo el mal que hemos hecho y el bien que hemos dejado de hacer. El panorama desolador de los delitos e infamias sin cuento, que habríamos cometido, si El, Jesús, no nos hubiera confortado con la luz de su mirada amabilísima.









IX- Jesús cae por tercera vez
Ya no puede el Señor levantarse: tan gravoso es el peso de nuestra miseria. Como un saco lo llevan hasta el patíbulo. El deja hacer, en silencio. Humildad de Jesús. Anonadamiento de Dios que nos levanta y ensalza. ¡Cuánto cuesta llegar hasta el Calvario! Tú también has de vencerte para no abandonar el camino... Esa pelea es una maravilla, una auténtica muestra del amor de Dios, que nos quiere fuertes, porque la virtud se fortalece en la debilidad. El Señor sabe que, cuando nos sentimos flojos, nos acercamos a El, rezamos mejor, nos mortificamos más, intensificamos el amor al prójimo. Así nos hacemos santos.







X - Despojan a Jesús de sus vestiduras
Se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor. Desde la planta de los pies hasta la cabeza, no hay en él nada sano. Heridas, hinchazones, llagas podridas, ni curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite. Es el expolio, el despojo, la pobreza más absoluta. Nada ha quedado al Señor, sino un madero. El cuerpo llagado de Jesús es verdaderamente un retablo de dolores...
Por contraste, vienen a la memoria tanta comodidad, tanto capricho, tanta dejadez, tanta cicatería... Y esa falsa compasión con que trato mi carne. ¡Señor!, por tu Pasión y por tu Cruz, dame fuerza para vivir la mortificación de los sentidos y arrancar todo lo que me aparte de Ti.







XI- Jesús es clavado en la cruz
Ya han cosido a Jesús al madero. Los verdugos han ejecutado despiadadamente la sentencia. El Señor ha dejado hacer, con mansedumbre infinita.
No era necesario tanto tormento. Él pudo haber evitado aquellas amarguras, aquellas humillaciones, aquellos malos tratos, aquel juicio inicuo, y la vergüenza del patíbulo, y los clavos, y la lanzada... Pero quiso sufrir todo eso por ti y por mí. Y nosotros, ¿no vamos a saber corresponder?
Es muy posible que en alguna ocasión, a solas con un crucifijo, se te vengan las lágrimas a los ojos. Procura que ese llanto acabe en un propósito. Amas tanto a Cristo en la Cruz, que cada crucifijo es como un reproche cariñoso: ...Yo sufriendo, y tú... cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú... negándome. Yo padeciendo por amor tuyo... y tú te quejas ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña...



XII- Muerte de Jesús en la cruz
Una Cruz. Un cuerpo cosido con clavos al madero. El costado abierto... Con Jesús quedan sólo su Madre, unas mujeres y un adolescente. Los apóstoles, ¿dónde están? ¿Y los que fueron curados de sus enfermedades: los cojos, los ciegos, los leprosos?... ¿Y los que le aclamaron?... ¡Nadie responde! Cristo, rodeado de silencio.
Sufrió todo lo que pudo —¡y por ser Dios, podía tanto!—; pero amaba más de lo que padecía... Y después de muerto, consintió que una lanza abriera otra llaga, para que tú y yo encontrásemos refugio junto a su Corazón amabilísimo.
También tú puedes sentir algún día la soledad del Señor en la Cruz. Busca entonces el apoyo del que ha muerto y resucitado. Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia.
Ahora que estás arrepentido, promete a Jesús que —con su ayuda— no vas a crucificarle más. Dilo con fe. Repite una y otra vez: te amaré, Dios mío, porque desde que naciste, desde que eras niño, te abandonaste en mis brazos, inerme, fiado de mi lealtad.

XIII-Desclavan a Jesús y lo entregan a su Madre
Vino a salvar al mundo, y los suyos le han negado ante Pilatos. Nos enseñó el camino del bien, y lo arrastran por la vía del Calvario. Ha dado ejemplo en todo, y prefieren a un ladrón homicida. Nació para perdonar, y —sin motivo— le condenan al suplicio. Llegó por senderos de paz, y le declaran la guerra. Era la Luz, y lo entregan en poder de las tinieblas. Traía Amor, y le pagan con odio. Vino para ser Rey, le coronan de espinas. Se hizo siervo para liberarnos del pecado, y le clavan en la Cruz. Tomó carne para darnos la Vida, y nosotros le recompensamos con la muerte.
No valgo nada, no puedo nada, no tengo nada, no soy nada... Pero Tú has subido a la Cruz para que pueda apropiarme de tus méritos infinitos. Y allí recojo también —son míos, porque soy su hijo— los merecimientos de la Madre de Dios, y los de San José. Y me adueño de las virtudes de los santos y de tantas almas entregadas...
Luego, echo una miradica a la vida mía, y digo: ¡ay, Dios mío, ésto es una noche llena de oscuridad! Sólo de vez en cuando brillan unos puntos luminosos, por tu gran misericordia y por mi poca correspondencia... Todo esto te ofrezco, Señor; no tengo otra cosa.
XIV-Jesús es colocado en un sepulcro nuevo

Sin nada vino Jesús al mundo, y sin nada,-ni siquiera el lugar donde reposa-se nos ha ido. La Madre del Señor —mi Madre— y las mujeres que han seguido al Maestro desde Galilea, después de observar todo atentamente, se marchan también. Cae la noche.
Ahora ha pasado todo. Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros y su muerte nos ha rescatado. Tú y yo hemos sido comprados a gran precio.
Hemos de hacer vida nuestra, la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas.
Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con El.

Dr. Santiago Soto Obrador

Meditaciones compuestas por el Dr. Santiago Soto Obrador, prestigioso médico internista y profesor titular de la Universidad Católica de Chile. Han surgido de un gran amor a Jesucristo alimentado en la oración, y al mismo tiempo expresan el esfuerzo por aliviar el sufrimiento humano que un médico enfrenta a diario. Las ilustraciones corresponden al Via Crucis pintado por Fr. Pedro Subercaseaux, osb
I-Jesús es condenado a muerte
¿Cuánto miedo tuviste, Señor? Si el sudor de sangre ya había humedecido tu rostro en el huerto y la agonía la estabas ya viviendo. ¿Cómo pude levantar mi mano contra Ti y apurar tu condena?
Y sigo con la mano levantada para hacerte morir en cada pobre que no ayudo, en cada gesto de molestia con el otro, en cada ruego que no escucho.
Ni una queja salió de tus labios, ni un reproche. Como ahora, en que esperas, paciente, que te hable cada noche. Dame fuerzas, Señor, para estar junto a Ti, para no quedarme fuera del palacio donde fue tu condena; para no levantar mi mano contra otros injuriando, murmurando, envidiando. Tu silencio, tu humildad, las necesito, Señor, para caminar junto a Ti, para tomarte la mano y decirte que te quiero en cada instante que pasas a mi lado vestido pobremente, enfermo, con frío, llorando, pidiendo.

II-Jesús carga con la cruz
Te puse una corona de espinas y laceré tu cuerpo con los golpes y el azote. Te puse la cruz sobre los hombros y la cargué con mis pecados, con la soberbia y la avaricia, con las penas y aflicciones que nacen de mi propia maldad. La tomaste con amor y, de nuevo, con silencio. Enséñame, Jesús, a abrazar mi cruz, a quererla, a aceptarla y seguir caminando junto a ti, sin renuncias, sin temores.
Me pesa, Señor, abandonarla a cada instante y sentarme a la orilla del camino de la vida y ver cómo ya vas por el sendero del Calvario, solo, cuando yo debería estar allí, para ayudarte en el que está acongojado, abandonado, llagado por el dolor o lacerado por la necesidad. Pero muéstrame tu rostro querido, para que no flaquee con esta cruz que me ha tocado, que no la quería, Señor, pero si me la has dado es porque sólo así podré acurrucarme un día, a tu lado.

III-primera caída de Jesús
Las piedras que he puesto en tu senda divina y el peso de mis faltas tu cuerpo han doblado y has caído, ya cansado, por mi abandono, agobiado. Dame fuerzas, Señor, para endulzar el camino de otros hombres que van cargados con sus cruces y,
para aliviarles el peso de sus penas o quebrantos. Dame fuerzas para no abandonar mi propia cruz y acudir a consolar del desvalido el llanto. No permitas que me quede allí, acariciando ilusiones, mientras veo indolente, cómo otros caen y yo no acudo a levantarlos. Deja que mi cansancio sea el reposo de otros hombres y mi dolor sea su alivio. Cuando yo me doble bajo el madero de mi cruz, acude en mi socorro, no tardes en auxiliarme, para que no me quede allí, sin sostén en mis flaquezas. Porque te quiero, Señor, sólo porque te quiero.

IV-El encuentro de Jesús con su Madre
Señor, por cargar la cruz, ni siquiera pudiste abrazar a tu Madre. Deja que yo la abrace y le diga lo que esa tarde de Viernes no pudiste; deja que le entregue todo el corazón, para consolar su angustia, para mitigar su pena. Por cargar la cruz, sólo tus pupilas acariciaron el rostro de tu Madre.
Permite que mis ojos sólo vean la grandeza de tu amor y la ternura de María; que mis ojos descubran tu presencia donde quiera que haya ausencia y abandono. Comprendo, señor, que mis pecados te ataron a una cruz, que el peso de mis culpas te agobió y que mis faltas hirieron el corazón de tu Madre Santísima. Dame la gracia de reparar con la oración las penas que di a tu corazón, y con toda caridad desagraviar el dolor de tu Madre.

V-Jesús es ayudado por el Cireneo
Ningún amigo se acercó a ayudarte. Lo hizo un desconocido. Señor, ¡qué quieres que te diga! Si yo no soy capaz de confortarte. Te necesito. Sé, Tú, mi cireneo. Es tanta mi pobreza, es tanta mi flaqueza, que mi corazón precisa tu grandeza. Mírame con compasión. Dame la fuerza para acercarme a tu cruz, con la mía. Dame la luz que necesito para entender que eres Tú mi único descanso, que tu cruz es un tesoro, que abrazado a ella es que te adoro. Concédeme la gracia de ser, yo, un cireneo para cuanto hombre vea vacilar, para el huérfano que pide, para la viuda que llora, para el enfermo que implora, para el que tirita de frío, para el que la existencia se le ha hecho seca, como el estío.

VI-La Verónica limpia el rostro de Jesús
Tú, ves, Señor. Fuiste Tú quien lavó los pies de otros hombres para mostrar la modestia y el servicio como la forma más perfecta de quererte. Te secaré el rostro, Señor, las manos y los pies en los que vives: en los menesterosos, en los marginados, en los silenciados por el odio, en los discriminados. Y como la Verónica, que no se avergonzó para ayudarte, dame la gracia de no avergonzar a ningún hombre al que yo ampare y de que la vergüenza no sea la causa de negar mi ayuda a los que la requieren. Concédeme limpiar el rostro de los que son deshonrados por otros, de los que son engañados, del padre triste, de la madre abandonada. Te ruego me otorgues la gracia de enjugar las lágrimas de los que no tienen trabajo, de los que tienen cansancio, de los que la vida marcó. Y, así como dejaste tus facciones en el paño con el que la Verónica limpió tu rostro bendito, deja tu huella en mi alma; convérteme en un niño.
VII-Segunda caída de Jesús
Señor, cuando por segunda vez caíste, el sol no quiso hacerte caluroso el día, agobiarte no quería. Acallaron las avecillas su piar; cuando inerme te vieron, querían llorar. La piedra por ser tan dura sollozó y cuando en sus brazos te retuvo, se conmovió. Yo, también, mi Dios. Soy como una piedra, dame un corazón misericorde. Soy como un pajarillo, acógeme en tu mano. Me fui un día cualquiera desde el jardín de tu casa. Y errante estoy desde entonces. Y te encuentro aquí, cansado de buscarme. Aquí, Señor, estoy, me has encontrado. Ya no me siento abandonado. No llores Señor, no llores, que me vas a hacer llorar. Como un niño, te quisiera consolar.

VIII-Jesús consuela a las santas mujeres
Necesito tu consuelo, tu amparo, el alero de tu casa. Soy como una hoja de otoño. Recógeme y colócame entre las hojas del cuaderno de tu ternura. Soy como un loco abejorro, déjame posarme en los pétalos de tu bondad; soy como un cordero perdido, ven a buscarme, amado Pastor, tómame en tus brazos y vuélveme al redil. Soy como tierra agostada, seca, sin simiente; siembra en mi surco Señor. Siembra en mi surco.
Soy, en fin, el hijo de Adán, y busco la casa tuya, tu sonrisa, el calor de tu compañía, la hondura de tu amor, tu palabra de cariño, la amistad, el contacto de tu manto, la luz de tus ojos, la bondad de tu mirada, tu comprensión. Perdón, mi Señor.
Perdón.
IX-Tercera caída de Jesús
Señor: te vio caer la montaña y el río que corre junto a ella. Te contempló, impotente, una estrella, el árbol del bosque, la centella. Se silenció el trueno y el viento, gimiendo, se lo contó al ocaso. Y aquí estoy, Señor, buscando tus ojos, para pedirte clemencia, para decirte que he vuelto, que se acabó mi ausencia, que viviré sólo en tu presencia.
Yo fui el que te empujé, mi Dios. Perdona mi oración tímida, mi plegaria simple. Sólo quiero decirte que cansaré tu oído con mi llanto, que te acariciaré con mi quebranto. No apartes de mí tu mirada, no me huyan tus palabras, no me falte tu aliento. Tú, Señor, que sabes de cada estrella el nombre, que habitas donde se hace azul el universo, perdóname, soy sólo un hombre.
X-Jesús es despojado de sus vestidos
No contento con ponerte una corona con las espinas dolorosas de mi soberbia y vanidad, te he dado golpes con el látigo del desagradecimiento y te he cargado con la cruz de la ignominia. Con mi ignominia. Pero, además, te he puesto desnudo sobre el madero, para recordarte la vergüenza que tuve de mi cuerpo. ¿Recuerdas cuando me acogiste en el jardín de tu casa y me cubrí con una hojarasca? Tu bondad es tan sublime, sin embargo, que, sin pronunciar una palabra, me enseñaste como volver a la casa del Padre: Desnudo, desnudo de vanagloria, oropel y bagatelas; todas naderías de mi idolatría nacidas. Si, Señor, me desnudaré de mi impudicia y pereza, de mi molicie, de mi afanosa búsqueda de pequeñeces que no llenan mi corazón. Me despojaré de mi avaricia para vestir al desnudo, porque así te he visto y me ha dado espanto de haberte ofendido tanto. Desnúdame, Señor, de mi maldad, y cobíjame bajo tu sagrado manto. Estoy vestido, Señor, y tengo frío. Estoy harto y tengo hambre. Tengo mis bolsillos llenos y me siento pobre. Vivo libre y me sientro preso. Vísteme, Señor, con tu desnudez; sáciame con el hambre de tí; vacíame los bolsillos y llénalos de misericordia, y aprésame entre tus brazos y hazme libre para sembrar concordia.
XI-Jesús es clavado en la cruz
Atravesé tus manos y tus pies, no con clavos sino con pecados. Tus manos, Señor, igual a las mías; pero ellas sólo han repartido paz y ternura. Las mías, amargura. Tus pies, hacia la choza del pobre han dado sus pasos. Los míos hacia el ocaso. Cada vez que levanté mis manos para horadar las tuyas, tuve que buscar tus sagradas palmas. Al entrar en los clavos, mordía mi propia alma. Siempre, Señor, ahora lo entiendo, estuviste con las manos abiertas, generoso hasta en el dolor y tu rostro mirando al cielo mientras yo buscaba en ídolos, consuelo. Mi Dios, dame fuerzas para abrir mis manos; que de ellas salgan caricias, bondad, dulzura y caridad. Dame la gracia de mirar al cielo y clava Tú mi corazón con el deseo ferviente de tocar a la puerta de tu casa y decirte, sin temor, Abbá, Padre, aquí estoy. Abre, que te quiero, que me muero sin tu amor. No permitas que mis manos ejecuten violencia ni mis pies me lleven lejos de tu presencia. Dame la gracia de que mis manos sean tus manos y mis pies sólo caminen a tu lado.
XII-Jesús muere en la cruz
Tú, como Abel, inocente. Yo, como Caín, inclemente. Te robé los vestidos y jugué tus prendas y a otros he robado sus haciendas, sus telares, su vivienda, el techo que les cobija, la honra de sus hijas. Y me perdonas, y amoroso me acoges, aún en la cruz pendiendo. Señor, me estoy hundiendo. Ven. No me dejes. Cuando tu amado rostro, demudado de dolor, desde la cruz miraba suplicante, yo estaba allí, Señor, no sabía lo que hacía. Sólo un ladrón, mejor que yo, suplicó tu perdón. Dame, Señor Jesús, sólo la oportunidad de ser un buen ladrón.
XIII-Jesús en las manos de su Madre
Manos amigas te pusieron en los brazos de tu Madre Santísima, como un despojo. Eras en sus brazos, Señor, como una rosa arrancada al jardín del Paraíso. Como una avecilla herida. Como se dobla una gavilla. El dolor de su pecho de madre, bebida de vinagre. El llanto de sus ojos tiernos, una plegaria al Eterno. Su mirada triste, acongojada, como si tuviera el alma amortajada. Esa tarde el sol huyó. No quiso ver llorar a tu Madre. No quiso iluminar la escena y no se atrevió a dar luz a mi rostro desalmado cuando te puse en la cruz. Señor, yo quiero tenerte en mis brazos, llorar tus heridas, consolar tu quebranto. Tenderé mi mano al marginado; al que llora enjugaré el llanto y al que pide le daré mi manto. Porque en ellos vives, solitario, porque en ellos mueres de nuevo, en el Calvario.
XIV - Jesús en el sepulcro
Y te puse en el sepulcro. Pero si yo soy un sepulcro. Blanqueado. Te escondí como el ladrón las especies robadas; como el mentiroso, la verdad rechazada. Te levanté como un madero seco, y apenas mostré tu desnudez salieron brotes de fe, esperanza y caridad, en el ladrón, en la adúltera, en el leproso del pecado y en el ciego a tu bondad. Te levanté como un madero seco y de tu desnudez salió un vestido níveo y luminoso de perdón. En tu sepulcro no puse el madero, Señor.
Permíteme hacerlo mío y cargarlo con la fuerza de la fe, con la alegría de la esperanza de que me esperas a la puerta de tu casa. Dame el madero, Señor, para reposar allí el alma y el corazón y para ser lumbre y calor de estío, para tanto hombre que tiene frío.